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sábado, 15 de diciembre de 2012

Una víctima de la publicidad

En relación al panfleto de las Juventudes Comunistas que analizamos el otro día en clase, me he encontrado con que los mismos argumentos (o similares) son utilizados una y otra vez en diversas proclamas sin realizar un análisis realmente crítico de la cuestión.
En algunos casos, pueden encontrarse afirmaciones como esta:

En la actualidad las normas de la diferencia sexual no se difunden desde la Ley, ni desde el Estado, ni desde la educación formal; “se forjan desde el mundo de la creación, en la música, los videoclips, el cine, las series, la publicidad… se difunden desde los medios de comunicación de masas y generan unas poderosas industrias que ofrecen un consumo diferenciado para chicas y chicos. Para ellas el culto a la imagen, al cotilleo y al amor romántico. Para ellos la triada fútbol-motor-pornografía.


Ante esta concepción de la publicidad, como algo que determina lo que tenemos que ser, y no como algo que estudia lo que en realidad somos, me parece oportuno recordar un relato de Émile Zola sobre el tema. No es justo quejarse de problemas que se solucionan con tan sólo un poco de sentido común.

Los anuncios están ahí, pero quienes decidimos, al fin y al cabo, somos nosotros mismos.

Una víctima de la publicidad
Émile Zola
Conocí a un chico, muerto el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se hizo este razonamiento: «El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible.» Desde entonces, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código vital. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.
Claude adquirió un terreno formado por tierras de aluvión donde sólo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida según un sistema novedoso, temblaba cuando hacía viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fumívoros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres eléctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados según un modelo excelente, se habían convertido en horribles cloacas; los muebles, que debían obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.
Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.
El infortunado Claude no sufría sólo en sus propiedades sino también en su persona: La ropa se le rompía en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidación total. Un día me lo encontré completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le había ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar había hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y él estaba encantado porque —según decía— ahora podría usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionaría un cabello negro dos veces más espeso que su antiguo pelo rubio.
No hablaré de todos los potingues que se tomó. Era robusto pero se quedó escuálido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empezó a asesinarlo. Se creyó enfermo y se automedicó según las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicación fuera más efectiva siguió todos los tratamientos a la vez, hallándose confuso ante la idéntica cantidad de elogios que cada producto recibía.
La publicidad tampoco respetó su inteligencia. Llenó su biblioteca con libros que los periódicos recomendaban. La clasificación que adoptó fue de lo más ingeniosa: ordenó los volúmenes por orden de mérito, según el mayor o menor lirismo de los artículos pagados por los editores. Allí se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contemporáneas. Jamás se vio un montón de ignominias semejante. Y además, Claude había tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo había hecho comprar. Así, cuando abría un libro, sabía por adelantado el entusiasmo que debía manifestar; reía o lloraba según la fórmula. Con ese régimen, llegó a ser completamente idiota.
El último acto de este drama fue lastimoso. Tras haber leído que había una sonámbula que curaba todos los males, Claude se apresuró a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no tenía. La sonámbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indicándole la forma para no tener más de dieciséis años. Se trataba simplemente de darse un baño y de beber determinada agua. Se tragó el agua, se metió en el baño y se rejuveneció en él de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.
Claude fue víctima de la publicidad hasta después de muerto. Según su testamento, había querido ser enterrado en un ataúd de embalsamamiento instantáneo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ataúd se abrió en dos, y el miserable cadáver cayó al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cartón piedra y en imitación de mármol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada más que un montón de podredumbre sin nombre.

martes, 4 de diciembre de 2012

Los bancos y la publicidad

¿Cómo cambiar la imagen de los bancos a la vista de lo sucedido?


Hoy en día parece imposible que nos olvidemos de que los bancos han jugado con nuestra ignorancia, consiguiendo que tanto ellos como nosotros acabásemos perdiendo.
¿Han sido ellos más codiciosos que nosotros?
Quizá no. Quizá sea que la codicia es una cuestión de la condición humana, y no sólo de unos pocos.
Pero sí son unos pocos quienes tienen el poder; ese es el hecho que ofende y cuesta aceptar.


Y más cuando en general, no se les ve demasiado tristes.

ING Direct consigue que nos olvidemos de todo por treinta segundos en una campaña muy sorprendente; uno está viendo la televisión, deseando que termine el tiempo de publicidad, asqueado por diversos tipos de engaño, cuando de repente se encuentra con la pantalla teñida de naranja y una canción de acordes cálidos. ¡Durante cuarenta segundos!
Y cuarenta segundos de paz en un bloque publicitario no los olvida cualquiera.


Cuando termina el anuncio no sabes muy bien lo que te han vendido:
¿ING Direct patrocina "pensar"? 
Pues perfecto. Ni lo sabes, ni quieres saberlo. ¿Un banco? ¿Me ha anunciado usted un banco?
Estamos tan acostumbrados a que nos engañen, a la palabrería barata, a la letra pequeña, que ya no resulta grato escuchar palabras que vengan de los bancos.

¿Realmente es posible hacer publicidad positiva de los bancos, revertir la situación? Y si es así, ¿Cómo puede hacerse?
Se ha extendido entre la población la idea de que los bancos, o son inútiles, o estafan.
Para realizar una campaña publicitaria es necesario conocer a fondo el producto sobre el cual se va a trabajar, y hacerse numerosas preguntas. ¿Son todos los bancos malos? ¿Acaso son inútiles?
Si rascamos un poco en el prejuicio surgido durante estos años de crisis, nos damos cuenta de que los bancos hacen más fácil la vida de todos, y eso incluye la de la gente corriente.
Primero, proporcionan seguridad. Y es que si tienes el dinero guardado debajo del colchón, y más en los tiempos que corren, debes saber que corres peligro de muerte. En cambio, si atracan un banco, quienes se interpondrán entre los atracadores y tu dinero serán otros, no tú. Allí tu dinero se encontrará a buen recaudo, siempre que no pretendas obtener por él más del rédito del que este dará nunca. Olvidémonos de la gallina de los huevos de oro. Si un banco te paga un alto interés por tus ahorros, corres riesgo de perderlos, pues nadie regala nada gratis.
En segundo lugar, los bancos proporcionan disponibilidad y comodidad a sus clientes. ¿Se imaginan las colas que tendrían que aguardar si no pudiesen domiciliar cómodamente sus recibos? ¿Se imaginan viajar a un país extranjero y no poder cambiar de moneda, o el peligro de llevar dinero encima si no existiesen cajeros?
Con el paso del tiempo, cuando los avances pasan a un segundo plano, a esa especie de purgatorio de la costumbre, tendemos a olvidarnos del valor de las cosas.
¿Quién podría comprarse una casa si no fuese gracias a los préstamos bancarios? ¿Con qué financiación se construirían los hospitales, o las carreteras?
Publicitar positivamente a los bancos tan sólo consiste en hacer un ejercicio de memoria colectiva.


jueves, 18 de octubre de 2012

El carrusel






La publicidad no puede entenderse con independencia de lo que representa una sociedad. Para ser un buen publicista no sólo es necesario tener buenas ideas, ser original. Tambien hace falta una gran dosis de empatía con el público al que se destine el producto e incluso, en los momentos previos, la destreza verbal para convencer a los agentes publicitarios de una idea.

La serie Mad Men, ganadora de cuatro Globos de Oro y quince Emmys, cuenta la historia de Don Draper, director creativo en una agencia publicitaria llamada Sterling Cooper. La imagen de Draper, en la Nueva York de comienzo de los años 60, está basada en el famoso publicista David Ogilby, quien comenzó su carrera laboral vendiendo estufas de puerta en puerta en Escocia, para terminar convirtiéndose en uno de los nombres más importantes en la historia de la publicidad.


Don Draper, caracterizado en la serie por Jon Hamm


Draper encarna la imagen del publicista que no sólo es capaz de desarrollar buenas ideas, sino que tiene la capacidad necesaria para transmitirlas y convencer a las grandes empresas de su calidad.

En el video que veremos a continuación, presenta una idea ante los representantes publicitarios de la empresa Kodak, con quienes trabaja para lanzar al mercado un proyector de diapositivas al que pretenden llamar "La rueda".








sábado, 29 de septiembre de 2012

Con X de MiXta

Cuando un mercado se encuentra saturado de productos semejantes, conviene desviar la atención de las propias características del mismo y centrarlas en otra cosa. La posibilidad de identificar a la gente con algo que llame la atención es igual de efectivo a la hora de vender algo que ensalzar sus propiedades. Esta es la característica de los anuncios de Mixta, que resultan difíciles de olvidar por la originalidad de sus planteamientos.
Todos ellos parten de bases surrealistas que pueden resultar más o menos graciosas, pero en ningún caso dejan indiferente. Estos son algunos de los más famosos.


sábado, 15 de septiembre de 2012

A modo de introducción


Muchas veces la sencillez a la hora de contar una historia es lo que hace que ésta perdure en la retina del espectador. Es el caso de este niño, cuyo problema entendemos en apenas unos instantes, mientras celebra, solitario, un gol. No tiene nadie con quien jugar al fútbol, y por ello decide preparar una cena romántica para que sus padres le traigan al mundo un hermanito. Cuando nace éste -suponemos que nueve meses después- nuestro espabilado niño, que aún no se ha quitado la camiseta del Manchester United, le hace su primer regalo: unas botas de fútbol.
Para que vaya calentando.



En otros casos, la publicidad busca lograr sus objetivos a través de la sorpresa.


Así promocionaban en 2009 la cámara de fotos Nikon D700 en Corea del Norte. Mediante unos sensores de movimiento que hacían dispararse los flashes de las cámaras de un cartel publicitario.
Imposible que te dejase indiferente.


Dentro de un mismo producto, existen campañas publicitarias muy variadas. Muestra de ello da el atún, publicitado con el pareado más absurdo por la marca Isabel:

¡Qué bien, que bien, hoy comemos con Isabel!

O de la forma más insólita:


Aunque ambos perduren en la memoria por su musicalidad, ésta resulta bien distinta de uno a otro.